martes, 9 de mayo de 2017

Hoy hace 41 años del asesinato en prisión de Ulrike Meinhof.

Foto. Ulrike Meinhof.
41 aniversario del asesinato de Ulrike Meinhof

ANIVERSARIO DE ULRIKE MEINHOF

9 de mayo de 1976. Cárcel de Stturgart-Stamnhein, Séptimo piso. Al abrir la puerta de una de las celdas, los funcionarios encuentran el cuerpo de Ulrike Meinhof colgado de la ventana con una toalla; la pierna izquierda ligeramente apoyada en una silla colocada, a su vez, encima de un colchón y unas mantas. Está muerta. Culmina así un período de cuatro años de tortura por aislamiento. Pronto se dictaminan las causas de su muerte: suicidio a causa de profundas diferencias ideológicas con el resto de los miembros de su Organización (Fracción del Ejército Rojo) y, más concretamente, con Andreas Baader, dirigente de la misma como Ulrike Meinhof y compañero de ésta.
A los 15 días de iniciadas las investigaciones, el sumario concluye y el expediente queda archivado para la historia de la Alemania nazi. Una máxima encabeza la carpeta de las investigaciones: la guerrilla urbana ha fracasado en las cárceles al comprobar la realidad de este fracaso. Con estas conclusiones se intenta hacer borrón y cuenta nueva y, sobre todo, se intenta que las nuevas generaciones que se oponen a la violencia del Estado alemán no sigan el ejemplo de personas como Ulrike Meinhof.
¿Por qué? ¿Quién era, en realidad, esta mujer? ¿Por qué hubo que asesinarla y presentar su asesinato como un suicidio?
La respuesta a estas preguntas nos dan la clave de la impotencia de un Estado, armado hasta los dientes, frente a una persona con ideas claras y firmes, frente a una persona dispuesta a luchar hasta el final, dispuesta a no dejarse amedrentar por las amenazas y los chantajes, por la tortura y aislamiento, una persona que ha convertido su vida en un ejemplo. Una persona a la que hubo que matar para intentar, con ello, matar su ejemplo.
Ulrike Meinhof, nació el 7 de octubre de 1934 en Oldenbourg (Alemania). Desde la constitución de la República Federal de Alemania, en 1949, había luchado en contra del rearme y del almacenamiento de cabezas nucleares en su país, en contra de las leyes de emergencia dictadas por los distintos gobiernos y en contra de la guerra de Vietnam; para ello, aprovechó todas las posibilidades legales que permitía el Estado alemán: manifestaciones, proclamas, reuniones, etc. Fue miembro activo del movimiento para la «marcha de Semana Santa», movimiento en contra del rearme nuclear. Trabajó asimismo como periodista en un periódico de izquierdas —Konkret—, desde cuyas páginas, defendía esta política. En 1959-1960, fue miembro del ilegal Partido Comunista Alemán (KPD). A lo largo de los 20 años de actividad democrática y revolucionaria, Ulrike Meinhof llegó a alcanzar una auténtica autoridad moral y política sobre numerosos sectores de la izquierda alemana. Su opinión era muy tenida en cuenta en todos los círculos que luchaban, de una u otra forma, contra el Estado alemán y su violencia, su fascistización.
En 1970, Ulrike Meinhof y otro grupo de personas muy ligadas a ella, comprenden la inutilidad de la actuación dentro de la legalidad vigente. Por ello, y por la necesidad del desenmascaramiento del Estado alemán, junto con sus compañeros, se decide a tomar partido por la lucha armada y la vida clandestina. Así surge la Fracción del Ejército Rojo (RAF). Su objetivo es poner al descubierto la verdadera esencia fascista del Estado alemán, encubierta bajo la bandera de la socialdemocracia de Willy Brandt, y en el transcurso de la lucha armada, elevar la conciencia del pueblo alemán y crear un verdadero partido comunista que defienda los intereses de la clase obrera y otros sectores populares.
Con estas ideas emprenden la lucha más consecuente contra el Estado. En 1972, Ulrike Meinhof es detenida. La policía política alemana se ve impotente para someter a esta mujer y hacerle la ficha policial. La foto de su detención recorre el mundo. Es una foto que refleja, ante todo, la resistencia de una mujer. Una mujer que se niega a ser fotografiada por sus torturadores. Una mujer a la que tienen que agarrar por los pelos para que se le pueda ver la cara.
Desde el día siguiente de su detención, Ulrike es conducida a la cárcel de Colonia-Ossendorf e internada en el pabellón de mujeres de la sección psiquiátrica -completamente vacía y separada del resto de la cárcel-. En esta sección fue sometida a un aislamiento social absoluto, privándosele también de toda percepción de ruidos y voces. En esta situación la tuvieron por primera vez durante 237 días -del 15 de junio de 1972 al 24 de febrero de 1973-; por segunda vez estuvo desde el 21 de diciembre de 1973 al 3 de enero de 1974; y, por tercera vez, del 5 de febrero de 1974 al 30 de abril del mismo año.
El mismo psicólogo de la cárcel de Colonia hablaba de este tipo de detención en estos términos: «La carga psíquica impuesta a la detenida va mucho más allá de la medida normalmente inevitable de una detención en aislamiento estricto; como demuestras las experiencias, este tipo de detención sólo puede ser soportada por un preso durante un tiempo limitado, con mucha más razón para la detenida, Ulrike Meinhof, porque le es prácticamente negada toda percepción del entorno».
A este respecto, Ulrike Meinhof escribía a sus abogados, el 26 de febrero de 1974: «... está claro, tenemos que salir de aquí. Pronto. Enseguida. Mejor ayer que hoy. Hacia una cárcel ocupada donde haya algo que oír. Existe, es verdad, una diferencia: yo estoy aquí por tercera vez, mientras que para Gudrun es la primera; en mí, por lo tanto, hay un montón de «plomos» que se han fundido, mientras que Gudrun todavía tiene reservas. Sin embargo, si nosotras decimos que el asunto es ahora tan urgente, más urgente que nunca, no es a causa de un simple estado de ánimo o algo así. Los electroshocks que yo recibo de lleno, también Gudrun los recibirá. El silencio es una realidad física.
Frase de Ulrike sobre la violencia de respuesta.
Si la Fiscalía Federal, el jefe de los esbirros de aquí y la policía política no están decididos a liquidarnos ahora, antes del proceso, debería ser posible obtener el traslado -y si lo están- con más razón todavía. Y aún más: presenta una denuncia por lesiones contra el director de la prisión sería, sin discusión, una cosa justa». Algún tiempo después afirmaba: «El problema que ellos tienen con nosotros es que nuestra conciencia política, cuyo contenido es colectividad, es nuestra identidad, entonces ellos no pueden arrancárnosla por medio del aislamiento, sin matarnos. Pero tú no tienes el derecho de dejarnos -¿por cuánto tiempo aún?- a la merced de estas marranadas. Y no deberías confiar en su impresión de que el Tribunal Federal no tiene interés actualmente en matar. Entonces, ¡ACTUA!»
Las sucesivas huelgas de hambre de los presos alemanes impiden, una y otra vez, que el aislamiento se mantenga de forma continuada.
Así era Ulrike Meinhof, una mujer que no pudo ser reducida por la tortura del aislamiento; una mujer que en 1976, días antes de su asesinato, preparaba minuciosamente en su celda, el juicio que se iba a celebrar en Stammhein contra varios miembros de la RAF. Un juicio que apuntaba al desenmascaramiento de ciertas personalidades políticas y sindicales; Ulrike quería demostrar, a lo largo del proceso, la existencia de relaciones entre el líder de la socialdemocracia alemana, Willy Brandt, con la CIA y, además, quería citar a Brandt como testigo.
El hecho de la celebración del juicio, en sí mismo, era ya una viva denuncia de la imagen de la Alemania Federal en el plano internacional. Y ello, porque con este proceso, saltaban a la luz pública las condiciones de detención de los presos políticos y las leyes especiales que limitaban el derecho de defensa. Tanto es así que la Comisión Internacional de Juristas, sita en Ginebra, en un informe publicado en diciembre de 1975, calificó a la RFA, a nivel de Estado, como el de Chile, la India, Indonesia, Rodhesia y la España franquista; y ello, según las propias declaraciones de la Comisión, «a causa de la legislación que limita los derechos de defensa, y de la cual no se encuentra ejemplo alguno en ningún sistema de derecho». El citado informe hacía alusión a la «lex RAF», ley de excepción votada justo antes del proceso de Stammhein, por la cual una defensa política y colectiva se niega a partir del año 75.
En estas condiciones, el Tribunal Federal, representante de los intereses del Gobierno de la socialdemocracia alemana, se encontraba ante un grave problema. Su meta: la despolitización del proceso, preparada durante cuatro años por la tortura de aislamiento, la difamación, las leyes de excepción, la eliminación de la defensa, etc., había sido un fracaso absoluto. Por el contrario, los propios presos, con sus declaraciones y sus pruebas, iban a poner en evidencia, una vez más, el verdadero carácter fascista del Estado alemán.
Era obvio que la confrontación iba a alcanzar su punto álgido en este momento del juicio.
Así las cosas, el día 8 de mayo de 1976, un helicóptero del Ejército aterriza en el terreno mismo de la cárcel. Gudrun Ensslin y Ulrike Meinhof estuvieron hablando de ello, hacia las 10 de la noche, por las ventanas de sus celdas. Se extrañaban al ver un helicóptero encima de la cárcel, circunstancia que no se había dado desde 1974.
Al día siguiente, a las 7,30 de la mañana, el cuerpo de Ulrike Meinhof aparecía colgado de la ventana de su celda. Hoy no cabe ninguna duda de que ella no se suicidó; la Policía y el Ejército fueron las manos ejecutoras de un Estado que quería matar un ejemplo, un ejemplo que pensaba aportar datos y pruebas contra el Estado alemán en el juicio que se estaba celebrando.
Jean Carl Raspe, asesinado un año después junto a Andreas Baader y Gudrun Ensslin, declaraba el 11 de mayo en el proceso de Stammhein:
«Yo no tengo mucho que decir. Nosotros creemos que Ulrike ha sido ejecutada. No sabemos cómo, pero sí sabemos por quién... Ha sido una ejecución preparada con toda frialdad... como fue ejecutado Holger, como fue ejecutado Siegfried Hausner.
En el caso de que Ulrike se hubiera decidido a morir, por ver en ello la última posibilidad de afirmar su identidad revolucionaria frente al lento aniquilamiento de la voluntad en la agonía del aislamiento, nos lo habría dicho a nosotros... en todo caso a Andreas.
Creo que la ejecución de Ulrike ahora, en este momento, tiene sus razones en la culminación de un Estado imperialista como es la República Federal...
El asesinato está en la misma línea de todos los intentos de solución emprendidos por el Estado en los últimos seis años: aniquilamiento, físico y moral, de la RAF, teniendo como objetivo a todos los grupos guerrilleros de la República Federal, para los que Ulrike ha desempeñado una función ideológica esencial...
Afirmar ahora «tensiones», «distanciamiento» entre Ulrike y Andreas, entre Ulrike y nosotros, a fin de hacer utilizable, con esta infamia, primitiva y oscura, para la guerra psicológica, la ejecución de Ulrike...
Esto es Buback. Es una tontada de Buback.
Ninguna de estas tentativas ha conducido hasta la fecha a nada que no sea una concepción cada vez más clara de lo que es la reacción en la República Federal: fascismo».

Cartel del "Se busca" a Unrike, por la que ofrecían 10.000 marcos alemanes.

DECLARACION DE LA COMISION INTERNACIONAL DE ENCUESTA SOBRE LA MUERTE DE ULRIKE MEINHOF

Al término de su trabajo, la Comisión Internacional de Investigación sobre la muerte de Ulrike Meinhof ha tenido conocimiento del siguiente informe realizado por su secretariado. Sin hacer suyas las opiniones, la Comisión subraya, sin embargo, que tal informe es fruto de un trabajo serio realizado gracias a la colaboración de expertos cualificados. Y merece ser tomado en consideración y difundido ampliamente.
Resumiendo el sentimiento en base al cual sus miembros han llegado a un acuerdo, la Comisión ha constatado:
que Ulrike Meinhof ha estado sometida repetidas veces y durante largos períodos, a unas condiciones de detención, que resulta obligado calificar de tortura. Se trata de la forma de tortura llamada aislamiento social y privación sensorial, comúnmente aplicada en la República Federal Alemana a numerosos presos y detenidos comunes.
que las manifestaciones de las autoridades del Estado, según las cuales Ulrike Meinhof se suicidó por ahorcamiento, no han sido probadas y que los resultados de la investigación de la Comisión tienden a mostrar que ella misma no pudo hacerlo.
que los resultados de la investigación sugieren que Ulrike Meinhof estaba muerta cuando se la ahorcó y que hay indicios abrumadores de la intervención de terceros en relación con esta muerte.
La Comisión no puede expresar con certeza las circunstancias sobre la muerte de Ulrike Meinhof. Sin embargo, el hecho de que además del personal de la prisión, tuvieron acceso a las celdas del séptimo piso los servicios secretos, por un pasillo separado y secreto, da pie a todas las suposiciones. Los resultados de la investigación que la Comisión presenta aquí, hacen más urgente la necesidad de constituir una Comisión Internacional de Investigación sobre las muertes de Stammhein y Stadelhein...».

París, 15 de diciembre de 1978.

El Informe a que se hace alusión en esta Declaración de la Comisión es un trabajo serio y exhaustivo, de alrededor de 50 folios mecanografiados, en el que han participado personalidades médicas, abogados, psiquiatras, criminólogos, etc. de distintos países de Europa. El trabajo de la citada Comisión, formada tras el asesinato de Ulrike Meinhof, estuvo basado en el estudio de tres aspectos fundamentales: condiciones de detención de los presos políticos alemanes, problemas médicos y problemas criminológicos.
Basándose en estos tres aspectos, y siguiendo el hilo de las contradicciones aparecidas en los informes de los médicos forenses que analizaron el cuerpo de Ulrike Meinhof y en las contradicciones surgidas en las propias declaraciones de los carceleros que la custodiaban la noche del 8 al 9 de mayo, así como en el análisis de la personalidad de Ulrike Meinhof y en las características de la prisión de Sttutgart-Stammhein, donde se hallaba recluida, la Comisión llegó a la conclusión de que Ulrike Meinhof no se había suicidado.
La Comisión tenía previsto haber concluido su trabajo en 1977, pero la actitud boicoteadora de las autoridades alemanas se lo impidió. Les negaron la asistencia del abogado Croissant, testigo muy directo de lo sucedido en Stammhein; no pudieron escuchar la opinión de los presos Andreas Baader, Jean Carl Raspe y Gudrun Ensslin, que fueron asesinados en el otoño del 77; la fiscalía alemana les negó los informes oficiales e impidió que un buen número de personajes actuaran como testigos.
A pesar de todo ello, la Comisión, un año más tarde, pudo obtener resultados precisos y echar por tierra, con sus conclusiones, la versión oficial sobre lo ocurrido con Ulrike Meinhof el 9 de mayo de 1976.
No había habido suicido alguno.
Ulrike Meinhof, como más tarde sus compañeros, había sido asesinada.

Rescatado de la revista Área Crítica

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