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| Foto. Mujeres con pancarta con fotos de las tres asesinadas en París. |
Un
“lobo herido” en Rue La Fayette
Unai Aranzadi
Los
servicios secretos turcos en Francia. Todo indica que el asesinato
las tres militantes de la guerrilla kurda PKK en París, en 2013, fue
obra del MIT
“Yo
no vi nada, yo no sé nada”. El dueño del economato bengalí
contiguo al 147 de Rue La Fayette prefiere no hablar. Tampoco su
vecino de la tienda de teléfonos móviles, ni los chinos del
restaurante pegado a ésta. Conocedores de la historia, todos
asienten positivamente sobre la masacre acaecida en ese portal, pero
ninguno de ellos desea rememorar lo poco que pudieron percibir
aquella tarde del 9 de enero de 2013. Fueron 10 detonaciones que
según el atestado policial no escuchó nadie. Un portazo y una
sombra a paso ligero abandonando la trasera de ese viejo edificio
donde sucedió todo.
Rue La Fayette, situada a escasos metros
de la estación Garde du Nord es el paradigma de la nueva Europa
multicultural. Aquí, entre una gran diversidad de comunidades
árabes, africanas y asiáticas, es fácil perderse y no llamar la
atención. Tampoco las militantes kurdas Sakine Cansiz, Fidan Dogan,
y Leyla Söylemez eligieron hacer de ese local su centro logístico
por casualidad. En esa misma calle se encuentra el Instituto Kurdo; y
doblando la esquina, otro centro para activistas con librería, café,
salas de reuniones y, por supuesto, retratos del fundador del Partido
de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, por su sigla en kurdo),
Abdullah Öcalan, junto a otros muchos mártires de esa guerrilla
posando con uniforme y fusiles de asalto AK47.
“La crisis
económica ha afectado a estos espacios de activismo político y
evocación cultural, pero si antes veníamos como empleados, ahora lo
hacemos como voluntarios”. Quien dice llamarse Beau trabaja en el
Instituto Kurdo, uno de los más emblemáticos espacios donde se
preserva la memoria de este pueblo sin Estado. “Aquí seguimos
trabajando. No tenemos miedo. Has podido entrar y mira qué fuertes
estamos”. Sentado junto a él, el conserje, Sharif, no dispone de
ningún tipo de armamento. Ni tan siquiera de una cámara de
vigilancia o un chaleco antibalas, pero según Beau, “lo que
verdaderamente podría hacernos cerrar es más la falta de
financiación que la intimidación de los turcos”.
Conforme
la autopsia, las tres militantes del PKK fallecieron acribilladas,
“por alguien conocido”, quien tras abrirle la puerta las disparó
a la cabeza con una pistola calibre 7.65 mm.
Una de las
víctimas, Sakine Cansiz, era una figura emblemática dentro del PKK.
En 1978, Sakine fue cofundadora de la organización
marxista-leninista junto a Abdullah Öcalan, encarcelado en Turquía
desde 1999. “Sufrió la tortura en la infame cárcel de Diyarbakir
y a sus 55 años entrenaba cada mañana con disciplina militar”,
recuerdan orgullosos sus camaradas kurdos.
Las otras dos
mujeres asesinadas en esa fatídica jornada fueron consideradas como
víctimas “circunstanciales”, aunque ambas, especialmente la
portavoz del Congreso Nacional Kurdo en París, Fidan Dogan, eran
rostros muy conocidos dentro del activismo prokurdo que trabaja en
Francia.
“¿Quiénes fueron los que las asesinaron y qué
buscaban con ello?”, fueron las dos preguntas lógicas que medios y
políticos se hicieron tras la masacre. “Para nosotros estaba muy
claro desde el principio”, señala con un café en la mano, Beau.
“Fueron los servicios secretos turcos, y su interés en
desestabilizarnos”.
Al
día siguiente de producirse el triple asesinato, aún sin haber
amanecido, un pequeño grupo de curiosos se arremolinaba frente al
147 de Rue La Fayette. La camioneta de la morgue ya había llegado,
pero los investigadores de la policía judicial continuaban dentro
haciendo su trabajo.
De entre el tumulto, las cámaras de
televisión apostadas en el lugar registraron la presencia de un tipo
con cazadora observando el vaivén de policías en primera fila.
Tenía 30 años, cobraba una pensión por enfermedad y se le
identificó como Ömer Güney. Tras interrogarlo, bastaron menos de 2
semanas para que la policía hallase restos de sangre de una de las
víctimas en su calzado y pólvora en una bolsa con la que se cree
que emprendió su huida. El sospechoso, de nacionalidad turca, llegó
a Francia con sus padres en la niñez, y residió en Alemania entre
el 2003 y 2011, años en los que trabajó como técnico mecánico en
una empresa bávara y estuvo casado con otra ciudadana turca.
Abandonado el trabajo y obtenido el divorcio, Güney regresó a
París, donde su familia regentaba un restaurante de kebabs. “Todo
apunta a que su idea fue, desde un principio, infiltrarse de lleno en
los círculos de solidaridad con la liberación kurda”, afirman con
cautela varios kurdos del centro cultural que dicen haberlo conocido.
Y así lo corrobora la policía. En un año escaso, pasó de ser
voluntario en el centro kurdo del suburbio de Villiers-le-bel, a
realizar labores de asistente para la legendaria Sakine Cansiz. Por
lo cual, varias cámaras de seguridad cercanas al lugar de los hechos
revelaron como él mismo la llevó en coche hasta el lugar donde
minutos más tarde esta histórica dirigente del PKK y sus dos
compañeras serían acribilladas una a una.
Hasta el mismo día
de su arresto, Güney vivía en una torre de apartamentos con otro
ciudadano turco que declaró a la policía haber visto en poder de su
compañero de piso “una pistola y muchos teléfonos con diferentes
tarjetas”. El peritaje policial probó que el sospechoso había
fotografiado con uno de sus teléfonos 300 identificaciones de
simpatizantes y activistas inscritos en el centro kurdo de
Villers-le-Bel, información que borró el 8 de enero, horas antes
del atentado en Rue La Fayette. A pesar de que contaba con una
pensión por padecer epilepsia y un posible tumor cerebral, el
sospechoso disfrutaba de un ritmo de vida insostenible para los 800
euros que la seguridad social francesa le ingresaba mensualmente.
Realizando frecuentes viajes a Turquía, y disfrutando de docenas de
trajes y estancias en hoteles caros, la versión de un sencillo
activista prokurdo, esgrimida por su abogado durante el juicio
iniciado en julio del año pasado, no se sostiene en muchos
flancos.
El 12 de enero, apenas 3 días después de producirse
el atentado, una grabación sonora de unos 10 minutos salió a la luz
pública. Colgada en internet por alguien en Alemania, en ella se
escucha a una persona que parece ser Güney planeando el asesinato de
Sakine Cansiz con los que serían sus dos superiores del Milli
Istihbarat Teskilati, (MIT, el servicio de inteligencia turco).
Aunque esta información fue descartada como prueba de cargo en el
juicio, la sección forense de la policía gala afirmó que la
grabación podría ser real y no un burdo montaje. Inmediatamente
después de salir a la luz pública, y como si de una cortina de humo
se tratase, varios portavoces del gobierno turco, incluyendo al
presidente, Recep Tayyip Erdogan, se apresuraron a insinuar que tras
el triple crimen se ocultarían luchas de poder entre diferentes
facciones de la guerrilla kurda. El mosaico de la realidad kurda, con
Siria, Irak, Irán y Turquía como escenarios donde sus 50 millones
de almas se encuentran diseminados, hacen de su realidad (amén de la
diáspora en Europa) un contexto grande y complejo con multitud de
gobiernos, corrientes y actores armados de por medio. Pero lejos de
toda duda, para la resistencia kurda la autoría de un atentado de
estas características sólo podría venir de un actor armado con
respaldo estatal. Tal y como ha declarado el ex líder del PKK, Murat
Karayilan, Turquía y el resto de sus aliados en la OTAN, “siempre
han buscado una solución de violencia para resolver la cuestión
kurda”. Esa urgencia de la alianza atlántica por debilitar el
movimiento de liberación kurdo en el exilio ya venía siendo
advertida por una filtración que Wikileaks realizó 3 años antes
del atentado.
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| Foto. Acto de solidaridad (pancarta y banderas Kurdistán y YPG) |
Gracias
a un cable con fecha del 7 de diciembre de 2007, el mundo pudo saber
que Ross Wilson (embajador de Estados Unidos en la capital turca,
Ankara) se dirigió a la delegación diplomática de los
estadunidenses en la Unión Europea señalando a Sakine Cansiz como
responsable financiera del PKK (junto a Riza Altun) y como una
conocida “estratega en táctica y armamento” de la organización
calificada como “terrorista” por Estados Unidos, la Unión
Europea y, por supuesto, Turquía. La intención de este diplomático
enviado a Ankara por George Bush tras un largo recorrido en la órbita
soviética era solicitar, “presión judicial e inteligencia
efectiva”, contra Sakine y aquellos que presuntamente envían
fondos desde Francia a las montañas Qandil del Kurdistán Sur (Norte
de Irak) donde el PKK tiene su retaguardia.
En una esquina del
local de la asociación kurda, Nursel Kilic, quien compartió muchas
horas de trabajo con las víctimas en el Movimiento de Mujeres
Kurdas, está preparando un gran envío de folletos con propaganda
política del Partido Democrático de los Pueblos (HDP, por la sigla
del turco Halklar?n Demokratik Partisi). La noche anterior hubo un
concierto de Siwan Perwer, “la mayor estrella musical de los
kurdos”, dice una de sus compañeras de campaña, y casi todas las
activistas presentes muestran signos de cansancio. Preguntada por la
situación en la que se encuentran las activistas kurdas en Europa,
Nursel responde con prudencia que siguen trabajando “haga lo que
haga el Estado profundo turco”.
La simpatía que los kurdos
reciben de la sociedad en Europa occidental es cada vez mayor, sin
embargo Turquía, miembro de la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN) desde 1952, mantiene una férrea alianza
estratégica con prácticamente la totalidad de aquellos países que
hacen parte de la Unión Europea. Esta contradicción entre sociedad
y Estado genera cierta ansiedad. “Un día crees que estás a salvo,
y otro ves que todo se mueve bajo tus pies”, confiesa una de las
activistas.
Según el pliego acusatorio que el diario francés
Le Monde filtró en exclusiva en julio de 2015, Güney tendría
relación directa con un responsable del MIT al cual se identifica
por las iniciales KT. El documento también afirma que este organismo
de la inteligencia turca “estaba involucrado en la instigación y
preparación de los asesinatos”, así como que el acusado “hacia
parte de una red de espionaje”, extremo parcialmente corroborado
por las autoridades alemanas, las cuales han reconocido a periodistas
de la revista Der Spiegel conocer bien a uno de los agentes del MIT
que se mueve por Europa y es citado en la investigación. Por su
parte, Turquía, ante los tímidos requerimientos lanzados por el
Ministerio de Justicia francés, ha negado cualquier implicación en
el crimen, y no ha tenido a bien facilitar información sobre los
titulares de los 13 números de teléfonos fijos y móviles con los
que Güney mantuvo contacto hasta el momento de producirse el
atentado.
En Turquía, el diario Sol, con una línea editorial
de firme oposición al gobierno conservador de Erdogan, ha publicado
un documento atribuido al MIT, el cual contiene información sobre
los servicios que les serían prestados por un tal “Legionnaire”
a partir de noviembre de 2012. En dicho texto, para hablar de la
operación contra Sakine (todo en clave, según el periódico)
utilizan la frase, “dejar inoperante al miembro de la
organización”.
Lobo-herido-300 “Dejar inoperante” es un
término habitual que las fuerzas armadas turcas emplean cuando matan
a un militante del PKK. Además, la marca de agua que contiene el
papel y el hecho de que quien supuestamente lo firma es un agente del
que se tiene constancia su existencia real, hacen de esta nueva pista
otro elemento de debate para un caso que, aun plagado de sombras e
intrigas, no ha despertado demasiado interés en la prensa europea.
Así las cosas, la fiscalía francesa ha acusado a Güney de
“asesinato en conexión a una organización terrorista” y el
proceso judicial sigue en marcha, vinculando de forma imparable al
acusado con el MIT turco.
Sin embargo, tal y como sugiere la
investigación judicial, esto no querría decir necesariamente que el
presidente de Turquía o el MIT como institución ordenaran el
atentado, sino que existe la posibilidad de que algunas
concentraciones de poder en el celebre “Estado profundo” (como en
su día fue el asunto Susurluk y la red Ergenekon) habrían podido
actuar por su cuenta, bien para tratar de bloquear las malogradas
negociaciones con la guerrilla kurda (que fueron anunciadas 10 días
antes del crimen) o bien por simples luchas de poder dentro del MIT,
las cuales son bien conocidas e incluyen experiencias recientes como
la publicación de grabaciones en las que el exdirector del MIT Fidan
Hakan idearía atentados de falsa bandera en Siria.
Asimismo,
otras indagaciones periodísticas siguen la pista del poderoso
clérigo Fethullah Gülen, excolaborador del presidente Erdogan, que
tras entrar en disputa con él, permanece autoexiliado en Estados
Unidos, moviendo desde allí a su legión de seguidores, casi todos
enemigos de la paz con los rebeldes kurdos.
Por su parte,
muchos de los inmigrantes kurdos de París se refieren al autor del
triple asesinato como un enviado de los Lobos Grises, milicia de
ultraderecha famosa por emplear al lobo como símbolo del pueblo
turco. Casualidad o no, el pliego de la investigación judicial dice
que Güney, tiene como único ornamento de su celda, “un recorte de
revista con la fotografía de un animal en el que se describen sus
cualidades”, y en una carta que hizo llegar a su madre firmaba la
misiva como, “tu lobo herido”.
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